Rafael Araujo
La hermenéutica está vinculada con la religión cristiana. Fue utilizada para interpretar los textos sagrados. Comprender lo que decían las escrituras no era cosa fácil, requería interpretación a partir de mecanismos especializados. Por eso los teólogos utilizaron un código de tipo hermenéutico.
La Biblia fue el objeto de estudio de la hermenéutica. No es para menos, ya que los antiguos griegos creyeron que solo un personaje podía llevar los mensajes de los Dioses: Hermes, el hijo de Zeus y de la ninfa Maya. Robert Graves considera que Hermes era heraldo del Hades (Los mitos griegos. Tomo 1. 78-79). De ahí la palabra que sirve para identificar al conjunto de conocimientos que ayudan a interpretar los textos.
Buscar significados en las palabras escritas tiene su historia y ésta muestra la evolución de las ideas y de las sociedades. La semiótica, también nominada semiología, ofrece una alternativa para quienes no desean apoyarse en la hermenéutica. Hay otras, ciencias y conocimientos auxiliares, baste decir que de acuerdo al ángulo buscado se utiliza la herramienta apropiada.
Sin embargo, para los estudios literarios, esos instrumentos de apoyo funcionan en tanto ayudan a explicar el hecho artístico, éste es el que domina, no la herramienta. Así, cuando del Diablo se trata, en literatura, aquello que está fuera del campo literario es complementario, a veces funciona como un eje para que de ahí se sostenga la acción narrada, pero son las herramientas literarias las que dan cuenta de su valor artístico.
En esta línea de ideas, cuando el lector se acerca a un título como el de El diablo gitano, la primera impresión puede no ser la correcta. Un título así parecería indicar que la temática del libro está relacionada con sucesos demoníacos o con aventuras del grupo social identificado con ese nombre: los gitanos. Incluso, el autor de esta novela, Rafael Tejeda de Luna, juega con la narración para dar pistas falsas sobre la historia a narrar. Desde el principio apunta hacia hechos delictivos vinculados con la brujería que, en la época donde ubica la narración, es perseguida por la inquisición. En este contexto la historia vincula a un grupo de gitanos con las muertes diabólicas investigadas y el personaje principal es involucrado afectivamente con ellos. Pero no es así. El pretexto que da pié la novela, el motivo principal de la historia, no es sino aquello que representa el mito de Lilith: la mujer como perdición del hombre.
“Lilith es un demonio hembra que merodea por las ruinas” explica la Biblia de Jerusalén (Nota al pié en Isaías: 34: 14) Graves profundiza en este personaje mítico e informa: “Lilit, predecesora de Eva, ha sido excluida por completo de la Sagrada Escritura, aunque la recuerda Isaías como habitante de las ruinas desoladas (véase 27.6). Parece, a juzgar por los relatos midrásicos acerca de su promiscuidad sexual, haber sido una diosa de la fertilidad…” (Los mitos hebreos. 10)
Lo cierto es que en esa religión, como en todas aquellas en las que domina el género masculino entre las divinidades, representa el dominio del hombre sobre la mujer. En el caso católico es, además, la justificación del ser maligno en la naturaleza humana. No sólo Lilith es representación del deseo sexual promiscuo y pecador, sino que Eva funge como el instrumento del Diablo para que Adán rompa con las normas divinas al consumir la famosa manzana, producto del árbol del bien y del mal.
Con estas referencias en el texto, cabe preguntarse si el protagonista es una especie de Adán engañado. No, a mi parecer no lo es porque él actúa en pleno dominio de sus actos y deseos. Sí, es inducido a actuar por el deseo carnal pero matizado por la emoción amorosa. Peca y engaña a los religiosos. Si es Adán, solo actúa para redimir a sus Evas. No es un personaje pasivo como en la Biblia, es un constructor de sus propias acciones.
Para cerrar el círculo artístico en la novela, la distracción generada por la presencia gitana regresa a la brujería y es, nuevamente, una mujer la antagonista. El autor se descara y presenta a Lilith, lo relaciona con el Diablo, sí, pero éste es un ente que es hombre y mujer. Lilith, también es dual, es mujer pero con la capacidad de convertirse en hombre, por qué no. Son la antítesis de Dios. No hay confusión pero la idea que se envía al lector es clara, el diablo no tiene sexo. No a la manera hermafrodita, ni homosexual. Más bien, podría decirse que el diablo también es mujer.
Solo resta mencionar que los motivos y la acción se han ubicado en el México de la colonia. El lenguaje de la narración no es típico de la época, hace bien el autor, ni juega a presentar un documento histórico aunque ofrece una ficción congruente con el tiempo narrado. Es decir, usa la realidad para crear una atmósfera creíble.
Fuente:
Tejeda Luna, Rafael. (2008) El diablo gitano. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas.